Me veía en el espejo de Frieda y recordaba el rostro sangrante del día anterior, en Viena.
Unos minutos atrás nos habíamos encontrado en la estación Weberwiese de su natal Berlín, en la parte oriental de la ciudad. Esto es importante.
Sabía que después de su efusivo abrazo me preguntaría la causa de mi demora. Para atajar la cuestión giré mi cabeza ligeramente a la izquierda, dejándole ver mi herida. “¿Qué te pasó?”, la inevitable pregunta. “Tuve un sueño extraño. Un poco violento, como puedes ver”. La abracé de nuevo diciéndole lo feliz que estaba de volver a verla, esta vez en su ciudad. Camino a su casa, le conté la verdadera causa de mi desfase: Un incidente en el puesto de control fronterizo.
En la cocina del modesto departamento que ella rentaba, comenzó a preparar un desayuno mientras yo seguía hipnotizado con la marca que atravesaba mi mejilla. Y con las incipientes arrugas de mi rostro.
“¿Sabes que nunca pongo la calefacción sino hasta navidad? Pero hoy la pondré porque es un día especial. ¡Y también preparo unos huevos!”
(Frieda, ha pasado tanto tiempo desde aquello y aún me conmueven de manera idiota esas palabras tuyas. Los objetos de tu pequeña cocina, el ruinoso edificio, las escaleras, los pasos sobre las hojas secas, tus guantes, tu bufanda, el zapatero, el sastre, tus discos, los mercados de pulgas, las bolsas de plástico, tus bares favoritos, los paseos nocturnos, tus anécdotas y silencios…)
Nos habíamos conocido un año atrás en México. Ella pasaba sus mañanas religiosamente descifrando códices en la biblioteca. De manera mucho menos disciplinada, yo me encerraba ahí tratando de inventar un lenguaje propio. Eran los años de frustración y desvaríos. De las bancarrotas interminables. No pasó mucho tiempo para que compartiésemos tardes de café y de cerveza. Ella nunca lo supo, pero yo la adopté de inmediato y la quise como si fuera mi pequeña hermana. Su personaje era fascinante; su español impecable, quizá por ser lingüista. Encontraba su acento alemán simpático en extremo. Y sobre todo sus gestos. Casi hablaba con signos de admiración. Todavía puedo vernos perdiéndonos en las calles de la colonia Roma, mientras ella me explica el significado de las palabras en náhuatl. Un carácter solitario y siempre de buen humor, sin llegar a esa alegría vacua que me repugnaba tanto. Su lucidez era su mayor atractivo; la gracia de su discreta sonrisa, sus intensos momentos de reflexión. Esto en especial era algo que me intrigaba; Frieda podía entrar de súbito en una abstracción tan aguda que me pasmaba. Percibía en ese comportamiento un misterioso estoicismo. Había algo que escapaba a mi entendimiento, pero nunca quise indagar de qué se trataba. Tal vez ella misma no podría definirlo. Era frecuente que se perdiera en medio de una conversación; que su vista se extraviara a lontananza, como si pudiese mirar a través de las montañas y del Océano Atlántico. En los episodios menos graves era frecuente que mezclara frases en alemán con sus respuestas en castellano. Yo adoraba que sucediese aquello, que se perdiese en su propio mundo ante mi presencia. Le contestaba cualquier tontería en español y entonces ella se daba cuenta.
Estar en su cocina en Berlín era una locura y se lo hice saber: económicamente, era el peor año de mi vida. ¿Alemania? Imposible. Pero estaba allí, así fuese por un par de días. Quizá en el momento en el que más lo necesitaba.
“¿Qué quieres hacer?”- me preguntó.
“Vagabundear. Sigue con tu día de manera normal. Yo te sigo. O no.”
Bajamos adonde estaban las bicicletas. Estoy seguro que no tenía planeado nada; apenas unas horas antes le había advertido de mi visita. Por eso recuerdo como un pequeño milagro que uno de mis sueños, hasta entonces considerado como muy lejano, estuviese a punto de suceder: Seguir a Frieda en bicicleta por las calles de Berlín. "¿Sabes que en Berlín la gente no tiene una bicicleta? Tiene dos. Por si una falla."
Tuve que esperar muchos años para escribir esto; para acercarme a lo que supone un modesto homenaje a su amistad invaluable. Pero el asunto del paseo, ahora lo sé, nunca podré explicarlo: Ese fue el primer día que realmente anduve en una bicicleta. No en el sentido literal, por supuesto. Pero fue el momento en el cual me olvidé de todo: del miedo a los autos, de las señales, de las curvas, de los agujeros en el pavimento, de las incertidumbres, de los futuros y de los deseos.
Me olvidé de escribir.
Y mejor aún, ubico con certeza el momento exacto en el cual sucedió: cuando dimos vuelta y entramos de lleno al parque junto al canal. Fue como penetrar en un ensueño; desapareció la bicicleta, desaparecí yo y sólo quedó el paisaje. No había reparado en la época del año hasta que el color me envolvió. Puedo decir entonces que también ese día conocí a la verdadera estación. Mucho tiempo atrás, Albert la había definido con certeza y elegancia: “El otoño es una segunda primavera, donde cada hoja es una flor”. Frieda seguía todavía algunos metros adelante, pero supongo que en algún momento percibió mis felices sollozos. Con su discreción habitual, se detuvo un momento mirando hacia el horizonte, esperando a que me repusiera.
El día sólo transcurrió así, normal y perfecto; con Frieda cumpliendo sus diligencias y comentando con aire despreocupado los lugares de su pasado; allí solía haber un parque; aquél barrio no solía tener tantos aparadores. Su niñez, su adolescencia.
Por la noche, de nuevo en su casa, me puso los discos que escuchaba en aquel momento.
“¿Cuándo te fuiste de México, en agosto?
“¡No, no, no! En abril”
“Y llegaste en enero…”
“A inicios de enero.”
Sólo había estado tres meses en mi país y me parecía que había convivido con ella durante años. Tal era el valor del tiempo compartido. Le confesé que los meses que mediaron aquel reencuentro parecían no haber transcurrido tampoco; que me sentía como si apenas el día anterior estuviésemos charlando en mi casa y escuchando música. Ella compartió el sentimiento. Después vino un silencio. Fueron unos segundos en los cuales tal vez los dos teníamos algo importante para decir, sin poder hacerlo. De inmediato, una idea suya, inconclusa: "siempre tienes un período en tu vida que se acaba y no… no…"
¿Por qué podía imaginar que gruesos lagrimones recorrerían sus mejillas de nuevo? No sería la primera vez. En alguna ocasión en México, sin motivo aparente dejó caer un par de ellos en absoluto silencio. Era como otra manifestación de ese secreto suyo. Otra pieza más de un acertijo compuesto de frases sueltas (“a veces tengo miedo de ser demasiado alemana”) y de silencios sepulcrales en momentos inesperados.
Sentí que en aquel instante ella quería evitar un acceso de melancolía. Ciertamente, no era el momento propicio para estar triste. Así que para romper la incomodidad le dije que le leería un poco antes de dormir. Era algo que también deseaba hacer desde hace mucho. Saqué uno de los dos libros que llevé durante el viaje; el de las cartas de Henry Miller. Había una en la que hablaba sobre la música, que era otro elemento que aprendí a percibir con otros ojos en compañía de Frieda. Su conocimiento musical era enciclopédico, intimidante. Y era especial que yo estuviese frente a la colección de viniles de la que tanto me contaba en México y a la que tanto quería.
A la mitad de mi lectura se quedó dormida. Pero yo seguí hasta el final:
“He vuelto a oír esa música, he vuelto a vivir de nuevo aquellas horas maravillosas y crepusculares en las que anduve solo o acompañado por unos pocos amigos. Y he comprendido que la música borra muchas cosas. La música borra por completo a la literatura. También a la vida. La música es un sedante. Te convierte en un ser contemplativo. Te hace soñar. Y yo he adquirido el hábito de poner en marcha el tocadiscos cuando cocino, o friego, o cuando hago esto o aquello. Y me he puesto más y más reflexivo, más y más triste, moroso, melancólico. Bellamente. Como si hubiera ingerido alguna droga.”
Antes de apagar la luz pensé que habíamos logrado evitar los llantos por ahora. (Poco tiempo después ella se quedaría sin lágrimas, según sus palabras. Pero nuevamente, estas son las ironías que nos regalan las retrospectivas).
Nos quedaba un día aún. El día en el cual conocería el secreto de mi amiga (los mejores secretos son las obviedades). O al menos la clave que me permitiría entender de dónde venían sus misteriosos episodios de ausencia.