martes 22 de abril de 2008

Un extraño daltonismo aristocrático

La vi por primera vez el día de mi llegada a Kakania. Era la tarde y yo descendía del tren que me había traído desde el aeropuerto hasta el centro de la ciudad. Me había detenido en el quiosco para adquirir el periódico y un mapa. Justo a un lado había un puesto de flores. Allí se encontraba Estefanía.

Sería inexacto decir que fue "ella" quien me llamó la atención. Se trató más bien de un gesto suyo. En un principio, ella sólo fue la continuación de ese gesto; podría decir que ese movimiento iniciado en su mano, en la punta de su dedo índice derecho, le daba una iluminación especial a toda su persona. La coloreaba.

Pero antes he de aclarar algunas cuestiones acerca de La Muy Noble y Muy Leal, Muy Imperial y Muy Real Ciudad de Kakania, para que este asombro inicial quede enmarcado en su justo contexto y adquiera un mayor sentido.

El primer impacto visual lo proporcionaba Kakania apenas al ingresar a su espacio aéreo. La ciudad estaba organizada en perfectos círculos concéntricos; cinco anillos que tenían como centro y origen a la catedral. Su periferia estaba rodeada de impecables campiñas cuya simetría sólo rivalizaba con el descomunal y cuadrado orgullo de sus habitantes. A una distancia no muy lejana se encontraba el río que había inspirado más de un vals a los músicos de la corte. Aunque era verdad que casi todo en Kakania había inspirado valses a los músicos de la corte.

Una vez en tierra, el visitante recibía otra suave caricia estética, a manera de bofetón, ante la vista de los suntuosos palacios imperiales. Uno podría jurar que los emperadores (todos de nombre Francisco o José) aún habitaban en ellos; casi podíamos imaginarlos bajando con dificultad las inmensas escalinatas, cuidando de no tropezar con sus excelsos faldones y faralaes. Pero no. Ya todos ellos estaban bien muertos; yacían apacibles en sus tumbas perfumadas, en sus mausoleos vigilados por la severa mirada de gigantes de mármol.

Aunque lo más característico de La Muy Noble y Muy Leal, Muy Imperial y Muy Real Ciudad de Kakania era, literalmente, el tono que ofrecía su vida cotidiana para los turistas. Por efecto de lo que podríamos llamar un extraño daltonismo aristocrático, todo en Kakania era percibido en colores sepia. Por supuesto que este pequeño detalle se encontraba estipulado en los folletos de las agencias de viajes, donde también se incluía una encarecida súplica:




Y eso es lo que me encontraba haciendo cuando vi por primera vez a Estefanía. Su gesto era el siguiente: De pie frente a una rosa azul, ella extendía la mano como queriendo tocarla. Su dedo índice se detenía a unos milímetros de la flor, como si entre ellos existiera una frontera de cristal que le impedía tocarla. La fascinación que la rosa ejercía sobre ella era evidente; pero si yo la miraba era sencillamente por esto: Porque la flor era azul y ella vestía los colores del arcoiris.

jueves 13 de marzo de 2008

Donde cada hoja

Me veía en el espejo de Frieda y recordaba el rostro sangrante del día anterior, en Viena.

Unos minutos atrás nos habíamos encontrado en la estación Weberwiese de su natal Berlín, en la parte oriental de la ciudad. Esto es importante.

Sabía que después de su efusivo abrazo me preguntaría la causa de mi demora. Para atajar la cuestión giré mi cabeza ligeramente a la izquierda, dejándole ver mi herida. “¿Qué te pasó?”, la inevitable pregunta. “Tuve un sueño extraño. Un poco violento, como puedes ver”. La abracé de nuevo diciéndole lo feliz que estaba de volver a verla, esta vez en su ciudad. Camino a su casa, le conté la verdadera causa de mi desfase: Un incidente en el puesto de control fronterizo.

En la cocina del modesto departamento que ella rentaba, comenzó a preparar un desayuno mientras yo seguía hipnotizado con la marca que atravesaba mi mejilla. Y con las incipientes arrugas de mi rostro.

“¿Sabes que nunca pongo la calefacción sino hasta navidad? Pero hoy la pondré porque es un día especial. ¡Y también preparo unos huevos!”

(Frieda, ha pasado tanto tiempo desde aquello y aún me conmueven de manera idiota esas palabras tuyas. Los objetos de tu pequeña cocina, el ruinoso edificio, las escaleras, los pasos sobre las hojas secas, tus guantes, tu bufanda, el zapatero, el sastre, tus discos, los mercados de pulgas, las bolsas de plástico, tus bares favoritos, los paseos nocturnos, tus anécdotas y silencios…)

Nos habíamos conocido un año atrás en México. Ella pasaba sus mañanas religiosamente descifrando códices en la biblioteca. De manera mucho menos disciplinada, yo me encerraba ahí tratando de inventar un lenguaje propio. Eran los años de frustración y desvaríos. De las bancarrotas interminables. No pasó mucho tiempo para que compartiésemos tardes de café y de cerveza. Ella nunca lo supo, pero yo la adopté de inmediato y la quise como si fuera mi pequeña hermana. Su personaje era fascinante; su español impecable, quizá por ser lingüista. Encontraba su acento alemán simpático en extremo. Y sobre todo sus gestos. Casi hablaba con signos de admiración. Todavía puedo vernos perdiéndonos en las calles de la colonia Roma, mientras ella me explica el significado de las palabras en náhuatl. Un carácter solitario y siempre de buen humor, sin llegar a esa alegría vacua que me repugnaba tanto. Su lucidez era su mayor atractivo; la gracia de su discreta sonrisa, sus intensos momentos de reflexión. Esto en especial era algo que me intrigaba; Frieda podía entrar de súbito en una abstracción tan aguda que me pasmaba. Percibía en ese comportamiento un misterioso estoicismo. Había algo que escapaba a mi entendimiento, pero nunca quise indagar de qué se trataba. Tal vez ella misma no podría definirlo. Era frecuente que se perdiera en medio de una conversación; que su vista se extraviara a lontananza, como si pudiese mirar a través de las montañas y del Océano Atlántico. En los episodios menos graves era frecuente que mezclara frases en alemán con sus respuestas en castellano. Yo adoraba que sucediese aquello, que se perdiese en su propio mundo ante mi presencia. Le contestaba cualquier tontería en español y entonces ella se daba cuenta.

Estar en su cocina en Berlín era una locura y se lo hice saber: económicamente, era el peor año de mi vida. ¿Alemania? Imposible. Pero estaba allí, así fuese por un par de días. Quizá en el momento en el que más lo necesitaba.

“¿Qué quieres hacer?”- me preguntó.

“Vagabundear. Sigue con tu día de manera normal. Yo te sigo. O no.”

Bajamos adonde estaban las bicicletas. Estoy seguro que no tenía planeado nada; apenas unas horas antes le había advertido de mi visita. Por eso recuerdo como un pequeño milagro que uno de mis sueños, hasta entonces considerado como muy lejano, estuviese a punto de suceder: Seguir a Frieda en bicicleta por las calles de Berlín. "¿Sabes que en Berlín la gente no tiene una bicicleta? Tiene dos. Por si una falla."

Tuve que esperar muchos años para escribir esto; para acercarme a lo que supone un modesto homenaje a su amistad invaluable. Pero el asunto del paseo, ahora lo sé, nunca podré explicarlo: Ese fue el primer día que realmente anduve en una bicicleta. No en el sentido literal, por supuesto. Pero fue el momento en el cual me olvidé de todo: del miedo a los autos, de las señales, de las curvas, de los agujeros en el pavimento, de las incertidumbres, de los futuros y de los deseos.

Me olvidé de escribir.

Y mejor aún, ubico con certeza el momento exacto en el cual sucedió: cuando dimos vuelta y entramos de lleno al parque junto al canal. Fue como penetrar en un ensueño; desapareció la bicicleta, desaparecí yo y sólo quedó el paisaje. No había reparado en la época del año hasta que el color me envolvió. Puedo decir entonces que también ese día conocí a la verdadera estación. Mucho tiempo atrás, Albert la había definido con certeza y elegancia: “El otoño es una segunda primavera, donde cada hoja es una flor”. Frieda seguía todavía algunos metros adelante, pero supongo que en algún momento percibió mis felices sollozos. Con su discreción habitual, se detuvo un momento mirando hacia el horizonte, esperando a que me repusiera.

El día sólo transcurrió así, normal y perfecto; con Frieda cumpliendo sus diligencias y comentando con aire despreocupado los lugares de su pasado; allí solía haber un parque; aquél barrio no solía tener tantos aparadores. Su niñez, su adolescencia.

Por la noche, de nuevo en su casa, me puso los discos que escuchaba en aquel momento.

“¿Cuándo te fuiste de México, en agosto?

“¡No, no, no! En abril”

“Y llegaste en enero…”

“A inicios de enero.”

Sólo había estado tres meses en mi país y me parecía que había convivido con ella durante años. Tal era el valor del tiempo compartido. Le confesé que los meses que mediaron aquel reencuentro parecían no haber transcurrido tampoco; que me sentía como si apenas el día anterior estuviésemos charlando en mi casa y escuchando música. Ella compartió el sentimiento. Después vino un silencio. Fueron unos segundos en los cuales tal vez los dos teníamos algo importante para decir, sin poder hacerlo. De inmediato, una idea suya, inconclusa: "siempre tienes un período en tu vida que se acaba y no… no…"

¿Por qué podía imaginar que gruesos lagrimones recorrerían sus mejillas de nuevo? No sería la primera vez. En alguna ocasión en México, sin motivo aparente dejó caer un par de ellos en absoluto silencio. Era como otra manifestación de ese secreto suyo. Otra pieza más de un acertijo compuesto de frases sueltas (“a veces tengo miedo de ser demasiado alemana”) y de silencios sepulcrales en momentos inesperados.

Sentí que en aquel instante ella quería evitar un acceso de melancolía. Ciertamente, no era el momento propicio para estar triste. Así que para romper la incomodidad le dije que le leería un poco antes de dormir. Era algo que también deseaba hacer desde hace mucho. Saqué uno de los dos libros que llevé durante el viaje; el de las cartas de Henry Miller. Había una en la que hablaba sobre la música, que era otro elemento que aprendí a percibir con otros ojos en compañía de Frieda. Su conocimiento musical era enciclopédico, intimidante. Y era especial que yo estuviese frente a la colección de viniles de la que tanto me contaba en México y a la que tanto quería.

A la mitad de mi lectura se quedó dormida. Pero yo seguí hasta el final:

“He vuelto a oír esa música, he vuelto a vivir de nuevo aquellas horas maravillosas y crepusculares en las que anduve solo o acompañado por unos pocos amigos. Y he comprendido que la música borra muchas cosas. La música borra por completo a la literatura. También a la vida. La música es un sedante. Te convierte en un ser contemplativo. Te hace soñar. Y yo he adquirido el hábito de poner en marcha el tocadiscos cuando cocino, o friego, o cuando hago esto o aquello. Y me he puesto más y más reflexivo, más y más triste, moroso, melancólico. Bellamente. Como si hubiera ingerido alguna droga.”

Antes de apagar la luz pensé que habíamos logrado evitar los llantos por ahora. (Poco tiempo después ella se quedaría sin lágrimas, según sus palabras. Pero nuevamente, estas son las ironías que nos regalan las retrospectivas).

Nos quedaba un día aún. El día en el cual conocería el secreto de mi amiga (los mejores secretos son las obviedades). O al menos la clave que me permitiría entender de dónde venían sus misteriosos episodios de ausencia.

miércoles 27 de febrero de 2008

Los viejos y destartalados vagones

Una de las pocas travesuras que alguna vez hice fue escaparme al rancho de un amigo durante las vacaciones de verano. Tenía trece años y mis padres me habían negado el permiso a pesar de mis largas y anticipadas negociaciones. Entonces una madrugada les dejé una carta avisándoles que me iba a pasar un mes allí; explicándoles su injusticia con esa típica pedantería que nos posee de adolescentes.

El contacto inicial de un chico de ciudad con la vida del campo siempre es memorable. Con alegría me atreví a muchas cosas por primera vez: montar a caballo, jugar futbol en un lodazal, ordeñar vacas, leer tumbado en un granero, hacer el amor en un pastizal, sostener a un pato para que un niño de 7 años lo decapitara con una hoz. Pero una de las impresiones más indelebles de la experiencia fue el viaje de ida: Tenía tan poco dinero que pagué un lugar de segunda clase en el servicio de Ferrocarriles Nacionales, cuando aún existía. Por eso tuve que salir de madrugada; el tren salía de Mérida a las cuatro y media. El rancho se encontraba en la frontera del estado de Campeche y Tabasco. El trayecto, que a un autobús le tomaría unas seis horas, al tren le tomó doce que me parecieron veinte: la locomotora se detenía casi cada media hora, en cada pequeño poblado. Sobra decir que entre mis compañeros de trayecto se encontraban patos, cerdos, gallinas y señoras con enormes costales cuyo contenido me intrigaba. Recuerdo los olores salobres típicos de los veranos húmedos, mezclados con el tufo metálico de los viejos y destartalados vagones. Aún con estas incomodidades, fascinado sacaba la cabeza por las ventanas para recibir el golpe de aire y el olor a hierba, que eran una pequeña promesa de lo que me esperaba.

Curiosamente, el camino de retorno lo he olvidado. Seguramente mis padres se las arreglaron para pagarme el autobús de regreso.

miércoles 20 de febrero de 2008

:: una agonía moral ::

El guía me pidió mantener una distancia considerable respecto a la fiera. Nos agazapamos detrás de una gran roca para observarla mientras dormía. Enorme y de apariencia inofensiva, su color se confundía con los tonos pardos de la llanura.

-Trescientos kilogramos. No alcanza velocidades mayores a diez kilómetros por hora, pero si uno es atrapado por ella se activa un mecanismo repugnante. Las glándulas especiales de sus fauces secretan una viscosidad espesa, que adormece la voluntad de la víctima y le provoca una agonía moral, semejante a la que provocan los ocasos en Borneo o ciertas estaciones de radio en la República Checa. La víctima finalmente cae en estado de coma; el bicho únicamente consume las extremidades y los ojos y deja el resto para los carroñeros.

Asentí fascinado y pregunté:

-¿Y cuál es el nombre de este animal?

-Esta bestia terrible se llama tedio.

martes 19 de febrero de 2008

50 mil puntos de mal karma

El pasado viernes, un artefacto explosivo causó un fallecimiento por primera vez en la historia de la ciudad de México.

El acontecimientos debería moverme a reflexiones del más alto vuelo. Remitirme por ejemplo a la obra teatral Los Justos, donde un grupo de revolucionarios planea el asesinato de un tirano con una bomba. La obra desarrolla un profundo debate acerca de la utilidad y justificación ética de tales métodos; el eterno dilema de sacrificar “inocentes” en un acto de aparente justicia. Esto en el caso de que el fallido atentado hubiese sido planeado por la guerrilla. Otro tipo de reflexión correspondería si el hecho fue organizado por los jefes del narcotráfico: Hay sentimientos, motivaciones y angustias muy diferentes, dependiendo si uno está a punto de asesinar a un funcionario o a cientos de civiles.

Terrorismo a la mexicana. Sin embargo el asunto del día 15 de febrero nada más me alcanza para puras vergüenzas, como diría Paquita. Reduzco el hecho a otro caso de ineficacia laboral. Carajo, ¿pero es que ni siquiera eso podemos hacer bien? Los que contrataron al desgraciado sujeto han de haber pasado un coraje bárbaro. El ridículo fue mayúsculo, y no me sorprende que nadie haya reivindicado el ataque. Tanto si fueron los guerrilleros o los grandes jefes narcos me han decepcionado un poco: Los creí más profesionales.

Porque el único muerto por el atentado resultó ser el tipo que iba a colocar el explosivo. Con graves lesiones resultó la mujer que le acompañaba (presumiblemente su novia o amante), y un pobre peatón que pasaba por ahí.

La bomba, literalmente, le explotó en las manos al sujeto antes de llegar a su destino. Destino que era, se supone, el cuartel de la policía. O, lo que sería más espeluznante de acuerdo a una segunda hipótesis, la estación del metro Insurgentes, una de las más usadas del planeta. No me quiero imaginar el desastre de vísceras y sesos de haberse concretado esto segundo. Con el trabajo que le ha costado al Alcalde darle una manita de gato a la Glorieta.

Pero no. El inútil que llevaba el paquete explosivo lo hizo detonar unos cien metros antes. Al parecer, él mismo cargaba el teléfono celular mediante el cual activaría la bomba. No me extrañaría que el sujeto haya recibido un mensajito de texto de parte de su esposa en el momento menos indicado. Un mensajito post-Valentín:

“Gordito, ya perdóname. Vamos por una quecas al rato, ¿quieres?”

Pum.

Sí, unas quesadillas de tripas. Ja.

Para rematar, tal como sucedió la vez pasada, veo llegar al jefe de la policía al lugar de los hechos y determinar categóricamente, al más puro estilo Górgori, que para la fabricación del artefacto no se utilizó pólvora porque, claro... no había olor a pólvora. No es que desconfíe, pero presiento que las investigaciones no irán mucho más allá de lo dictado por el olfato del jefe.

Lo siento, pero no se puede ser más serio en este lugar.

jueves 14 de febrero de 2008

ópera

:: esperando al eclipse :: el sol ::
:: venus ::
::
la luz asfixiada ::
:: por rododendros ::
:: ella desapareció ::
:: en un barco hacia el pacífico ::
:: enigma, indiferencia ::
:: la salada maldad del aura ::
:: siete dioses convinieron ::
:: en dejarla ::
:: tomaron sus cabellos ::
:: y jugaron con ellos en la arena ::

miércoles 13 de febrero de 2008

Estadísticas del amor (y 2)

Amiguitas, amiguitos

Cuánto candor, cuánta ternura, cuánto afecto se siente ahora por las plazas, las avenidas. El fantasma de la devoción, del éxtasis romántico invade las hojas de los árboles y las coladeras. Qué bonito, qué bonito es el quelite, bien haya quien lo formó.

Para ir de la mano con esta atmósfera, les presentamos las estadísticas de la violencia en las relaciones de pareja en México[1]. En los siguientes números no sólo se incluye la violencia física, sino también episodios de violencia verbal y psicológica (linduras como gritarle “estúpida pendeja” a la mujer, humillarla o explotarla emocionalmente):



¿Cómo leer estos datos? Veamos primero los porcentajes de la línea verde, mujeres solteras actualmente con pareja. Si promediamos los números de dicha línea, en términos generales podríamos decir que 28% de estas mujeres ha sufrido algún episodio de violencia en su relación de “noviazgo”. Haciendo el mismo ejercicio para la línea azul, que son las mujeres actualmente casadas, el porcentaje se incrementa hasta llegar a un 47%. Y para las mujeres que han pasado por una relación (la línea roja) el promedio alcanza un espantoso 75%.

Esta gráfica nos confirma lo que ya sabemos: Durante el noviazgo los hombres somos unos angelitos[2]; una vez casados, nos convertimos en energúmenos. Y al finalizar la relación, tres de cada cuatro mujeres habrán sido víctimas de algún tipo de violencia.

Si es usted una lectora mexicana, la gráfica anterior le puede ser muy útil también. Ubique su grupo de edad y sabrá sus probabilidades de ser agredida por su tierno galán. Entre las mujeres en relación de “noviazgo” el grupo más vulnerable se encuentra entre los 30 y lo 34 años de edad: 34% de probabilidades. Entre las casadas, aquéllas entre los 20 y 24 años de edad tienen más probabilidades de ser agredidas: 52%.

¿Cómo aplicar estos datos? Ahora, el ejercicio de imaginación: ¿Está usted en un restaurante celebrando San Valentín? Cuente a las parejitas que en estos momentos tienen las manos entrelazadas, se besan y se juran amor y respeto eternos. Si se trata de parejas de novios, en una de cada tres el hombre va a golpear, gritar o humillar psicológicamente a la mujer (o ya lo está haciendo); si son parejas casadas, en una de cada dos. Al menos. Porque en esta ocasión, como en los números que dábamos ayer, estamos contando únicamente a las mujeres que aceptan haber sido víctimas de estos episodios. ¿A cuánto ascenderá la cifra negra de mujeres que callan?

Muchachitos tiernos; galanes con flores, regalitos y palabras dulces: Por eso me caen bien, panda de hipócritas.

Una vez compartida esta información, procedemos a desearles un feliz día del amor.

: )

De nada.


[2] Aunque personalmente encuentro aterrador el porcentaje de violencia durante el noviazgo ¡una de cada 3 mujeres lo padece!